viernes 22 de mayo de 2009

Oiga, verdulero,

yo lo vi esta tarde, lo observé. Se metía usted las manos, con toda la pinta de destreza que se le puede exigir a un oligofrénico, en el bolsillo del delantal, justo a la altura de la bragueta, y sacaba, lentamente extraía usted, un cigarrillo. No sin antes tocarse un poco las bolas atravesando la tela del delantal gris e incluso la del jean y luego la del calzón mugriento, que debe usar, con la potencia de su rascada. Sacó entonces, como le digo, un pucho y se lo llevó a la boca. Tardó, le repito, usted tarda para todo. Por eso ayer me tuvo media hora para venderme una lechuga, dos tomates y un morrón, la putaqueloparió. Pedazo de gil. Porque usted, verdulero, es más lento que conexión dial up, es corto, pero lo pior es que no se asume lelo, se me hace el piola, y me deja ahí como una burra esperando por una planta de mantecosa. Está claro que no es nada personal, soy nueva en el barrio, además hoy comprobé que es flemático para todo servicio. Es pasmoso, pachorro es usted, mi verdulero corazón de alcaucil. Se prendió el Malboro y se quedó un rato mirando la nada con esa cara de rábano viejo qué tiene, y con la boca semiabierta, así, con la mandíbula caída como si tuviera tropismo positivo para con la vereda su mandíbula. Y sabe qué, verdulero, pensé en escribir para recordar no ir nunca jamás a su esquina a comprar de vuelta, pero me molestan las notas mentales en medios sociales, porque sé perfectamente que voy a volver a pasar algún día por su verdulería y me voy a clavar de nuevo ahí y me voy a morder los labios haciendo tiempo, o perdiéndolo, hasta que se digne, con gesto mamerto, a darme mi bolsa y dejarme ir. Así que no le escribo para eso, sólo le digo que usted no es un verdulero, es usted un vegetal.

0 ladridos acuáticos: